martes, 12 de febrero de 2013

Año Verdi (2) - Apoteosis dramática del "bel canto" romántico.



Uno de los encantos de Il trovatore es que en muchos de sus números se pierde estabilidad melódica, una características que comparte con sus hermanas Rigoletto y, sobre todo, con La Traviata, las melodías, que son muy sencillas, siguen un principio que a mí se me ocurre denominar como antiwagneriano, no terminan de desarrollarse, van evolucionando en su dinámica y sucediéndose sin solución de continuidad, a veces incluso cambiando bruscamente, esto no sólo debe ser el fruto del talento compositivo de Verdi sino del mismo estado de inspiración que debió tener lugar en esa etapa de su carrera; al mismo tiempo uno tiene la sensación de que Verdi, a  la hora de instrumentar, se deshace de todo lo superfluo, intenta ser, en la medida de lo posible, muy conciso, sirviendo a la situación dramática con la máxima economía de medios, logrando así lo que podríamos denominar la apoteosis dramática del bel canto romántico, en la que por un lado la orquesta subraya la situación dramática, mientras que, por el otro, sin dejar de tener, en ocasiones, un alto vuelo melódico, se pliega y subordina al canto, incluso, muchas veces desaparece, porque el mayor peso melódico siempre está en la voz. Hacer esto parece fácil, pero no debe serlo, a ver cuántos lo han hecho tan bien. En cualquier momento de Il trovatore las voces tienen que estar al máximo, de ahí que siempre se haya hablado de las exigencias canoras de la ópera y de la dificultad de encontrar un cuarteto que pueda salir airoso de la prueba a la que es sometido, no hay un solo momento para la  relajación ni el respiro. No es ninguna novedad: Il trovatore, me pone, y mucho, tanto como el segundo acto de La Traviata.


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