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jueves, 30 de noviembre de 2017

Digamos alguna cosa sobre "Don Carlos" (2)

Si tuviéramos que elegir la mejor aria para soprano de Verdi, algo tan absurdo como tantas otras cosas, podríamos escudriñar en Don Carlos, nuestra intención podría ir por ahí, hay en esta gran ópera una firme candidata. Pero vamos más allá, si tuviéramos que elegir el aria para soprano para llevarse a una isla desierta -seguimos en el absurdo-, podríamos también poner nuestros ojos -¿o debo decir nuestros oídos?- en Don Carlos. Pero yo tengo claro que, para maac, la mejor aria para soprano de Verdi no pertenece a esta ópera, y que el aria para este tipo de voz que maac se llevaría a una isla desierta tampoco está incluida en esta ópera. Por otra parte, tampoco se sorprendería tanto maac de que alguien pudiera elegir, tanto en un caso como en el otro, ese aria de Don Carlos en el que muchos estamos pensando.

En el último acto de la ópera nos situamos en el claustro del monasterio de Yuste, es de noche pero hay claridad, seguramente la luna está llena. Pero nos asalta una duda ¿de qué claustro estamos hablando? El monasterio de Yuste tiene dos claustros. Como estamos ante una grand opéra quiero pensar que es el llamado claustro nuevo, el del s. XVI de estilo renacentista, una ópera espectacular no puede tener escenas en claustros austeros como el gótico del XV; no hay duda posible, una gran ópera francesa tiene que desarrollarse en el claustro más grande y ornamentado de los dos. La escena está vacía así que lo primero que piensa el espectador es que alguien tendrá que entrar ¿no? Es evidente. Pues sí, entra Isabel de Valois, la esposa de Felipe II que está enamorada, en secreto, de su hijastro, el infante don Carlos. No se os ocurra investigar mucho en fechas históricas porque este trío amoroso, lo mires como lo mires, malo es de cuadrar, estamos en la ficción, por eso al final da igual si Isabel está en un claustro del monasterio de Yuste o en el de Las Huelgas ¿verdad que sí? Pues no, no es lo mismo. Porque Isabel se va desplazando lenta y sigilosamente hacia una tumba y esa tumba tiene que estar en el monasterio de Yuste, porque es la tumba del padre de su marido, Carlos V. ¿Pero qué hace la tumba del Emperador en un claustro del monasterio de Yuste?, ¿acaso no estaría ya enterrado en El Escorial?, ¿no concibió Felipe II un monasterio para ser la tumba de su padre y demás parentela monárquica? El caso es que nosotros, que estamos en nuestras butacas, absortos por la belleza de la fúnebre introducción orquestal ideada por Verdi, nos creemos que ahí está Isabel, en medio de un claustro, que da igual si es el de Yuste o no, y que ahí está enterrado Carlos V, y que ella se arrodilla y comienza una especie de plegaria o un diálogo con su difunto suegro, y aquí comienzan las palabras del aria del que estamos hablando, "Tu che la vanità conocesti del mondo", y cuando las escuchas, desde la butaca, en la oscuridad de la sala, piensas que seguramente es la mejor aria compuesta nunca por nadie en el mundo. Lástima que hay muchas sopranos que la cagan y te bajan a la cruda realidad, eso si no lo hace una señora, o un señor ¿por qué tienen que ser siempre las señoras?, que ha decidido que el momento es tan sublime que merece abrir su caramelito y juntar el placer gustativo con el auditivo. Pero hoy a nosotros no nos agua la fiesta ni la soprano ni ningún señor con caramelitos, hoy es uno de esos días en que los astros se conjuran para que todo salga perfecto y una soprano que podría ser  Anja Harteros está ahí para cantar el aria y entonces, tas suplicar al suegro que interceda por ella ante el Señor, sabemos que está ahí esperando al infante Carlos, que ha quedado en secreto, y ahí recuerda el último momento en el fue feliz, en su Francia natal, cuando durante un solo día conoció el amor y la desgracia de saber que ese mismo amor, lejos de cuajar, iba a ser imposible, hoy la juventud ya parece lejana y sólo queda la resignación, el dolor y la paz del sepulcro.  Y maac por un instante piensa que en algún momento del aria hay algo de la Amelia-Maria de Simon Boccanegra y siente ese balanceo del mar en la tarde genovesa.


Decía Plácido Domingo que hay una representación de Don Carlos que para él es la mejor de toda su carrera. La que cantó en 1969 en la Arena de Verona, donde la atmósfera fue innolvidable. Dirigía Eliahu Inbal, y el resto del reparto estaba formado por Montserrat Caballé como Isabel, Fiorenza Cossotto cantando Éboli, Piero Cappucilli en el papel de Posa y Dimiter Petkov en el de Felipe. Y decía que no hay palabras para describir la sensación de cantar el dueto final "Ma lassù ci vedremo" bajo las estrellas a la una y media de la madrugada con la Caballé llenando el aire de sus mágicos pianísimos que quedaban flotando, antes de alejarse el uno del otro. En un espacio como la Arena, donde el tamaño del escenario es enorme nada podría haber transmitido mejor la imagen de la separación con tal fuerza y convicción.



miércoles, 29 de noviembre de 2017

Digamos alguna cosa sobre "Don Carlos" (1)

Si tienes más de un Don Carlos no te puede faltar el de Giulini.


"En este drama todo resulta falso, a pesar de su forma brillante y sus nobles ideas. Incluso el mismo Don Carlos era una persona demente, colérica y repulsiva. Isabel jamás estuvo enamorada de él. Posa es un ser imaginario que jamás podría haber existido durante el reinado de Felipe II" (Verdi).


Vuelvo al blog por una sencilla razón, porque hoy me ha apetecido, es el momento de prepararse Don Carlos y esta es una manera de hacerlo que siempre me ha gustado, no voy a ser muy original la verdad, quizás otro día, con ánimo de serlo suelte aquí alguna chorrada o alguna barbaridad de las mías, podría decir, por ejemplo, que Don Carlos es una ópera que tiene muchos problemas y el principal es el nombre del compositor, otra cosa hubiera sido si se hubiera llamado Meyerbeer, Adam, Lortzing, Mercadante, Thomas, Paccini, Ponchielli o Arrieta, pero es que estamos hablando de Verdi. Hoy se trata de hacer un repaso rápido para ubicar temporalmente la composición de la obra y señalar los principales temas o problemas que plantea. Terminaremos escuchando uno de sus mejores momentos en la voz de un actor cantante como pocos ha habido.

Verdi en 1865 aceptó un encargo de la Academia Imperial de Música, lo que después sería la Ópera de París, para componer una ópera que tendría que formar parte de las conmemoraciones de la Exposición Universal de 1867. De entre los posibles argumentos que Verdi baraja para esta futura ópera parisina termina decantándose por el drama de Schiller titulado Dom Karlos, Infant von Spanien, que se había publicado en Hamburgo unos ochenta años antes, antes de que hubiera tenido lugar la Revolución Francesa. Schiller adopta, más que una actitud de respeto por la realidad histórica, por una actitud, en palabras de Matthew Boyden, proto-hollywoodiense, al caracterizar al personaje central, o no tan central como pudiera parecer, como un héroe romántico y no como lo que en realidad fue, un “psicópata epiléptico”. Schiller nos habla de la historia de amor entre el infante Don Carlos y la francesa Isabel de Valois, conviritiendo también la obra en una denuncia de la monarquía absoluta, en un ataque a la intromisión de la jerarquía católica en los asuntos de Estado y en una defensa de la libertad.

De escribir el libreto la ópera se encargaron Joseph Méry (su libreto más famoso es el de Sémiramis de Rossini), quien fallecería antes de estar concluso el libreto, y Camille du Locle. Los libretistas inventan su propio final al hacer aparecer el fantasma de Carlos V, abuelo del protagonista, vestido de fraile salvando al nieto; sin embargo, en el drama de Schiller el infante Don Carlos es entregado a la inquisición por su propio padre, el rey Felipe II.

A finales de 1866 ya estaba terminada la partitura y la ópera se estrenó el 11 de marzo de 1867 en francés bajo la forma de grand opéra, con cinco actos y un ballet que se titula de La Peregrina; sin embargo, la versión más popular fue traducida al italiano y tiene cuatro actos (suprime el primer acto, salvo el aria de Don Carlos), se estrenó en La Scala de Milán en 1884; hay también una versión estrenada en Módena, también en italiano, con sus cinco actos pero sin ballet.

Con Don Carlos Verdi junta tres caminos que ya había recorrido por separado: el formado por los dramas de Schiller (Giovanna d’Arco y Luisa Miller), por la temática española (Ernani, Il trovatore y La forza del destino) y la gran ópera francesa (Jérusalem  y Les Vêpres siciliennes).

La ópera contempla varios conflictos:


  • El conflicto del infante don Carlos con su padre, Felipe II, por el amor de una mujer, Isabel de Valois, hija del rey de Francia y Catalina de Médicis; del que se deriva el del propio rey al comprobar que no es amado por su esposa y verse atacado, también en el terreno político, por su hijo, que acoge la causa de Flandes.

  • El conflicto del idealista marques de Posa, Rodrigo, con el déspota Felipe II sobre el problema de Flan.

  • El de la reina Isabel, que debe sacrificar su amor por el infante por el cumplimiento de sus obligaciones reales, lo que hoy denominaríamos ser una reina profesional. Los datos históricos demuestran que aunque es cierto que don Carlos estuvo prometido a Isabel de Valois, nunca estuvieron enamorados, y el compromiso se vio truncado por la firma de la paz entre Francia y España y el compromiso de la joven adolescente de 13 años con el rey Felipe II, que entonces tenía 32.

  • El conflicto de la intrigante princesa de Éboli, que fue anteriormente amante del rey pero que ahora está enamorada del atractivo infante, aunque esto es así tan  solo en la ópera, en realidad Carlos era un joven muy poco agraciado (jorobado, tartamudo y arrastraba una pierna). Éboli parece que no lo quiere tanto como para ocultar al soberano los amoríos del infante con su madrastra.

  • Y el del fanático Gran Inquisidor frente a la monarquía por la lucha por el poder. ¿Terminará Felipe reconciendo la sumisión de la corona ante la Iglesia?

Pero además de todos estos conflictos y del tema del amor fruto de la atracción sexual, del amor paternofilial o del conyugal, en Don Carlos es realmente relevante el tema de la amistad, del amor fraternal entre el protagonista y el marqués de Posa que se pone de manifiesto en varias ocasiones a lo largo de la ópera y por culpa del cual la vida de Rodrigo se verá sesgada. Seguiremos otro día hablando de Don Carlos, mientras tanto podemos escuchar una muestra de este amor entre el infante don Carlos y Rodrigo, precisamente el de la muerte de éste en la voz de Tito Gobbi, no tiene los medios de Milnes o Cappuccilli, ni la extraordinaria técnica y estilazo de Bruson, pero la intención también es muy importante: